El Reino Milenario
La ciencia, el deporte, la literatura y el arte también forman parte de esta búsqueda. Acá dejo su recorrido personal, para quien quiera leer más.
Empecé la facultad en 2017, apasionado —adjetivo del que me encontré culpable— por la ciencia, estudiando desde el ingreso libros de cátedra como Atkins, Levine, Tipler–Mosca, Griffiths, Purves; o escuchando las clases en YouTube de Lewin, Sagan y Sapolsky. Mientras estudiaba el enlace banana del diborano para Inorgánica, veía el contenido de canales como Veritasium o Kurzgesagt que estimulaban más un lado de ciencia aplicada. Debo admitir que también me quedaba durmiendo escuchando la calma de Alan Watts. Fui entendiendo —mucho más adelante— que no era sólo un designio generacional acoplar esos dos “mundos” —el tecnológico y el real—, sino el designio histórico de la humanidad. Por más grandilocuente que suene, es objetivamente verdad.
La novela que acompañó mi infancia y preadolescencia, La Torre Oscura de S. King paradójicamente se sitúa en un mundo postapocalíptico interdimensional donde la tecnología, y las “thinking machines”, son el cementerio sobre el que se constituye el viaje de los personajes. Uno de los diálogos que más se ha guardado en mí, Jake le dice a Roland antes de caer a un precipicio: “Hay otros mundos aparte de éstos.”
Lo que quiero decir es que nadie fue ajeno a la tecnologización de nuestros alrededores. Tampoco cometí, por aquel entonces, el error de pensar que lo que llamamos arte —o espíritu— no tendría nada que aportar; me empapé en las lecturas de Borges, Cortázar, Rimbaud, Whitman, Rilke, Bolaño, Sábato, Pizarnik, Paz, Jodorowsky, T.S Elliot. Esa búsqueda del reino milenario tuvo sus consecuencias. Es algo difícil de explicar. Quizá alguien que haya leído Rayuela me podrá entender mejor. Finalmente, la poesía me llevó a los escenarios (quise pasar del texto a la acción) y a las canchas de fútbol: mis lugares sagrados, donde ninguna IA puede interferir. También lo son la familia, los amigos, el buceo, el cine, el entretenimiento... Como dije, cumplo la condena del apasionado.
Seguro de este norte que nutre éstas mismas palabras —humanmade— y con la certeza de pertenecer a una generación cuyo encargo divino fue la alianza de lo real, lo tangible, lo -valioso de la nostalgia- con una tecnología que parece traer en los costos de su reduccionismo un futuro incierto. Usé la IA hacia el final de la carrera, y la usé con criterio. Estudiaba yo de las fuentes y luego las debatía con ella. La ponía a prueba. Le explicaba lo que pretendía. Le enseñaba. Llegué a discusiones serias como: ¿pero cómo es que el electrón “se mueve” —no se mueve, vibra sobre el campo magnético que oscila— en un cable de un circuito de panel solar? ¿cómo se interpreta eso en términos de los orbitales moleculares? ¿qué es entonces la electricidad? ¿cómo afecta...? Se entiende. Nunca debatí cuestiones vinculadas a Dios o a lo propio del arte y lo humano. Cuando intenté hablar de poesía, noté siempre en ella lo que Zelnick, CEO de la empresa dueña de Rockstar Games, de alguna manera dijo: “No puede existir creatividad, por definición, en ningún modelo de IA, porque es guiado por datos. Los conjuntos de datos son, por naturaleza, retrospectivos. La creatividad, por su naturaleza, es prospectiva.” Por eso siempre la mantuve en el terreno científico, donde creo que mejor se expresan sus capacidades. Eso no quiere decir que no me interesara su opinión en otra serie de cuestiones. Podríamos decir que entendí que aprender a usarla era también una habilidad.
Mi postura parte de un compromiso con lo humano: incorporar IA para ampliar nuestras capacidades y nuestra autonomía. Que nos permita llegar más lejos sin volvernos extranjeros de nuestras propias decisiones.
Decir que la inteligencia se ha vuelto una mercancía es confundir una parte con el todo. Se abarata la producción de respuestas; comprender qué significan, juzgar sus consecuencias y decidir qué merece hacerse sigue siendo una responsabilidad que nos toca asumir. Podemos automatizar tareas, incluso algunas que llamábamos intelectuales. La responsabilidad por sus fines sigue siendo nuestra.
La advertencia de entregar el pensamiento a las máquinas sigue vigente: podemos ganar poder para actuar y, al mismo tiempo, perder la capacidad de orientar nuestros actos. Por eso, justificar el uso de IA exige preguntarnos qué aprendemos con ella, qué dejamos de ejercitar y cuánto margen conservamos para cuestionarla.
Aspiro a una tecnología que nos dé tiempo, conocimiento y libertad para construir una vida propia. Que amplíe lo posible y nos encuentre capaces de elegir.
PD: Dicho de otra manera, entender el futuro como algo hacia lo cual hay que entrar, trayendo con nosotros lo que ya se conquistó. El aceleracionismo va a hacer de un vestigio a esta carta. Confío que aprenderé más de lo que aún ignoro. Hasta entonces, quedará sentenciado así, el fósil vivo de una transición.
Por último, quiero rememorar un poema original de Rimbaud:
¡Ya el otoño! — Pero ¿por qué lamentar un sol eterno, si estamos comprometidos en el descubrimiento de la claridad divina, lejos de aquellos que mueren al ritmo de las estaciones?
El otoño. Nuestra barca, elevada entre las brumas inmóviles, gira hacia el puerto de la miseria, la ciudad enorme bajo un cielo manchado de fuego y de barro. ¡Ah, los harapos podridos, el pan empapado de lluvia, la embriaguez, los mil amores que me han crucificado! ¿No terminará entonces esta vampiresa, reina de millones de almas y de cuerpos muertos que serán juzgados? Vuelvo a verme con la piel roída por el barro y la peste, gusanos llenándome los cabellos y las axilas, y gusanos aún mayores en el corazón, tendido entre desconocidos sin edad, sin sentimiento… Podría haber muerto allí… ¡La espantosa evocación!
Pues puedo decir que la victoria me pertenece: los rechinares de dientes, los silbidos del fuego, los suspiros pestilentes se apaciguan. Todos los recuerdos inmundos se borran. Mis últimos remordimientos huyen: las envidias hacia los mendigos, los bandidos, los amigos de la muerte, los rezagados de toda especie. — ¡Condenados, si me vengara!
Hay que ser absolutamente moderno.
Nada de cánticos: mantener el paso conquistado. ¡Dura noche! La sangre seca humea sobre mi rostro, y no tengo nada detrás de mí salvo ese horrible arbusto… El combate espiritual es tan brutal como la batalla entre hombres; pero la visión de la justicia es placer reservado únicamente a Dios.
Sin embargo, estamos en la víspera. Recibamos todos los influjos de vigor y de ternura verdadera. Y al alba, armados de una ardiente paciencia, entraremos en las ciudades espléndidas.
¡Cómo podía hablar de una mano amiga! Una hermosa ventaja es que ahora puedo reírme de los viejos amores mentirosos y cubrir de vergüenza a esas parejas embusteras —he visto allá el infierno de las mujeres—; y me será permitido poseer la verdad en un alma y un cuerpo.
“Aún sopla en mí la optimista esperanza de hallar el puente transitable entre los límites y el infinito”.
— Alejandra Pizarnik, Diarios (entrada de 1955)
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